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martes, 12 de septiembre de 2017

Under the Pyramids: Portable magic & Unique jewels


Conocida como Daeg o Dæȝ en el alfabeto Futhorc o como la Dagaz protonórdica, esta runa representa al día, al amanecer.
Es la luz del comienzo que se opone a la incertidumbre de la oscuridad. Favorece los cambios, la transformación y los nuevos propósitos a través del crecimiento personal. Es un punto de equilibrio, el lugar en el que se encuentran los opuestos y se forman los nuevos proyectos.
Y, en manos de Mathyld de Under the Pyramids se convierte, además en una preciosa joya que llevar al cuello y en un potente talismán.
¿Se os ocurre un momento más mágico que el tiempo de la cosecha, que la entrada del otoño?






Hace ya años que caí en su red gracias al precioso Apsaalooke Talisman, su versión personal de los saquitos  medicinales de los nativos americanos. Es un precioso vial de 1930 que guarda en su interior turmalina negra y magnetita , para mantener la energía limpia y ordenada...que bien sabe dios que me hace mucha falta.
Y ahora, además, puedo disfrutar de mi gargantilla Dagaz, una preciosidad en plata reciclada, que Mathyld trabaja desde el diseño hasta el pulido, pasando por la estampación.

Si tenéis que hacer (-os) un regalo especial, visitad su tienda: Under the Pyramids en Etsy






martes, 29 de agosto de 2017

Oxford: capital del viaje en el tiempo.




Connie Willis y George R. R. Martin.
 A ambos les debo algunas de las lecturas más fabulosas de mi vida.



Sinceramente, no sé cómo llegó Connie Willis a mi vida. Probablemente por algún comentario de Little Emily, pero el caso es que un buen día El apagón me miró desde el escaparate de Gigamesh (al igual que el bueno de Martin...¿cuántos romance no habrán empezado así, desde el otro lado del cristal de Gigamesh?) y surgió la chispa. Casi inmediatamente me lancé a leer en inglés All Clear, que por entonces no estaba traducido al castellano, y caí absolutamente rendida a los pies del Oxford de Connie Willis, capital mundial del viaje en el tiempo.






En un futuro no muy lejano, el viaje en el tiempo es una realidad. Y para los historiadores del Oxford de ese futuro, la mejor manera de acercarse a su materia de estudio.
El viaje en el tiempo es algo tan sencillo como sutil y complejo a la vez. Técnicos, cálculos y ecuaciones; adquisición de conocimientos (memorizados o implantados), aprendizaje de idiomas, geografía o antropología...pero también, una serie de desafortunados desajustes que el Tiempo lleva a cabo por su cuenta para no distraerse de esa lógica suya intrínseca y resbaladiza.
A la cabeza del departamento de viajes en el tiempo en Balliol, se encuentra el señor Dunworthy que, entre la biblioteca Bodleian, el departamento de Investigación y el laboratorio, se toma muy en serio eso de ir enviando estudiantes por esos tiempos de Dios donde, al menor desfase temporal, estarán solos y perdidos en épocas de alto riesgo de enfermedades, guerras y demás calamidades. Por supuesto, la gracia para el lector está en las calamidades.

Cronológicamente, la primera de estas peripecias temporales la podemos disfrutar en "Brigada de incendios" ( Fire Watch, 1982. En castellano se encuentra recogida en Lo mejor de Connie Willis I, editado por Ediciones B), donde Dunworthy envía al bisoño señor Bartholomew a colaborar en la defensa anti incendios de la londinense Catedral de San Pablo (la obsesión del propio Dunworthy) durante los cruentos bombardeos de la II Guerra Mundial. Es la primera vez que nos adentramos en el Blitz pero, por suerte, no será la última y, ni mucho menos, la más intensa.

Unos años más tarde, Willies cambiaría el Blitz por la Peste Negra que asoló Europa en la Edad media. Por supuesto, ese no era el momento exacto al que había que llegar pero...ya sabemos que el tiempo tiene sus propios recursos y, si envía a un historiador a un momento y lugar determinado, a la larga y por muy enrevesado que parezca, es que tiene sus razones. El día del Juicio final (Doomsday Book, 1992. Descatalogado en castellano, pero aún colea algún resto de la edición de Ediciones B por el mercado).
Es la primera vez que nos encontramos con las peripecias de un historiador que sufre el desfase temporal y tiene que averiguar primero, dónde está y segundo, cuándo está. Paralelamente a la plaga que asola la Europa de siglo XIV, en el Oxford de origen se desata una enfermedad como hacía años que no se veía y que ni las muy avanzadas atenciones médicas de que disponen puede atajar, así que el suspense está garantizado a lado y lado de la bisagra del Tiempo.

En 1998 llega Por no mencionar al perro (To Say Nothing of the Dog, otro de esos descatalogados inexplicables de Ediciones B) donde la incongruencia y el desfase temporal se convierten en el eje de la trama, situada en pleno corazón de la Inglaterra victoriana más extravagante. Un poco al estilo de Regreso al futuro y las problemáticas familiares que puede generar el viaje en el tiempo, es un homenaje a los entuertos de salón más divertidos y  a los Tres hombres en una barca de Jerome K. Jerome.






 Ya en 2010 aparecen El apagón (Blackout)  y Cese de alerta (All clear), que ahora mismo podemos encontrar sin problemas en sus ediciones de bolsillo de Ediciones B.
Jamás pude imaginar una primera aproximación a un escritor tan y tan impactante para mi: Londres durante el Blitz como si realmente estuviese allí, la evacuación de Dunkerke, el trabajo de los vigilantes de incendios, los pilotos de la RAF, las conductoras de ambulancias, los niños enviados al campo...¡Lo tenía todo! y sin ñoñería, sin condescendencia por el lector ni complejos respecto al género.
La confusión y la estupefacción de sus protagonistas se desarrolla, no ante nuestros ojos, sino en nuestro propio interior. Podemos vibrar con cada explosión, oler los refugios, sacudirnos las ropas tras una noche de ataques y salir a trabajar a la superficie. 
Este díptico de 1300 páginas te engulle, se te adhiere a las manos y a los ojos, a la imaginación y no te suelta hasta que, con un suspiro, unos 15 días después de haber terminado su lectura, decides que ya es hora de volver al siglo XXI y dedicarte a lo que sea que hagas...no es de extrañar que haya ganado los premios Hugo, Nébula y Locus entre otros muchos otros...y más que debería haber ganado de no ser por la constricción académica y la miradita por encima del hombro que aún generan ciertos géneros.

Así que puedo decirlo más alto, pero no más claro...¡Me encanta Connie Willis!






sábado, 15 de julio de 2017

WWII para refrescarnos en el cine.




Fuera, hace calor. Se oye reaggeton, la gente va en chancletas. 
Dentro, una sala oscura, aire acondicionado y, casi seguro, muy poca gente... o al menos para ver Su mejor historia porque Nolan arrastrará gente a ver Dunkerke como si los soldados aliados fuesen Minions.
Mejor dentro, en el cine, viendo películas que nos transportan a un momento muy determinado de la Segunda Guerra Mundial.
Ayer mismo llegaba a nuestras pantallas (en Reino Unido el DVD salió a la venta en Abril) Su mejor historia y, aunque las críticas que he leído no son nada del otro mundo, todas coinciden en alabar el trabajo de Gemma Aterton  y de Bill Naghy, argumentos que a mi, en plena canícula estival, ya me valen. Y más si lo sumo a la ambientación y a la historia.

En Londres, en plena Segunda Guerra Mundial, un grupo de cineastas recibe el encargo de realizar una película patriótica que levante el ánimo de las tropas en esos momentos cruciales. Mientras la aviación nazi bombardea la ciudad, el equipo se pone manos a la obra para rodar el filme perfecto que conmueva a los espectadores ingleses. Para lograrlo contratan a Catrin Cole (Gemma Arterton), una secretaria convertida a guionista de productos propagandísticos, que tendrá que escribir el libreto de la cinta mientras lidia con sus compañeros, todos varones que no verán con buenos ojos la intervención de una mujer. En este ambiente conocerá al guionista Tom Buckley (Sam Claflin) y al veterano actor venido a menos Ambrose Hilliard (Bill Nighy). Los tres se enfrentarán a multitud de retos e interferencias políticas mientras intentan hacer algo con significado en esos tiempos de guerra. 
Su mejor historia se en el libro publicado por Lissa Evans en 2009  que, por supuesto, no está disponible en castellano. Su única traducción por estos lares es Corazones en ruinas (también ambientado en el Blitz), editado por Bóveda el año pasado.Y a su directora, Lone Scherfing, le debemos trabajos previos como Una educación o One day.



En Su mejor historia también ruedan su propia versión del rescate de Dunkerque.


De Dunkirk, poco voy a decir porque forma parte del bombardeo publicitario estival. 
Episodio bastante menos mainstream que el desembarco de Normandía, pero que seguro que resulta igual de fotogénico, tiene los suficientes puntos de interés humano y fílmico como para plantarle cara a algún que otro superhéroe.

Personalmente, hay algún trabajo de Christopher Nolan que me chirría (El truco final) pero, por lo general disfruto muchísimo de sus propuestas, así que el próximo viernes iremos a verla, a ver si va a ser el Salvar al soldado Ryan de la posmodernidad.










viernes, 23 de junio de 2017

Regreso a Maelström




Más de año y medio de blog abandonado.
Mea culpa.
Pero es tan evidente que estoy en época de cambios...que se cierra una etapa de manos y parece que se abre una de cabeza...en fin, la vida que pasa mientras tú planeas.

Y, a todo esto he pensado. Si su leño aún tiene algo que decir, el mío también.

Hola de nuevo.

Pronto, más.

sábado, 16 de enero de 2016

Los Cuentos inquietantes de Edith Wharton me sacan de la hibernación.





Edith Wharton es un caso maravilloso de autor magnífico, redondo, pleno, y de personaje fascinante. En paralelo, sin intromisiones no deseadas ni problemas de compartimentación. Uno no puede leer a Byron y no imaginarlo cruzando a nado el estrecho de Dardanelos, acercarse a la obra de Poe y no ver su pálido rostro enmarcado por su capote de West Point, leer a Dorothy Parker y no notar el sabor de las copas del Algonquin o abrir un relato de Capote y ponérsele a una el cuerpo glamouroso.

Pero Edith Warton está hecha de otro material. A lo sumo sabemos de su amistad con Henry James o de su Pulitzer por La edad de la inocencia, pero deberíamos dedicar parte de nuestro tiempo lector a indagar en su obra de no ficción y descubrir que arte y vida se funden de la forma más auténtica posible: sus fastuosos libros de jardinería y decoración (conocimientos que jamás puso en práctica), sus relatos sobre el frente francés durante la I Guerra Mundial (la misma Impedimenta publicó, con gran acierto, Francia Combatiente), sus relatos de viajes, su propia autobiografía... Edith Wharton fue en si obra y arte y, todo ello, sin que supusiera el menor desmayo en su producción literaria. No hay un solo párrafo suyo que resulte mediocre (¡Ya no digo flojo!), así que cualquier nueva aparición de su trabajo en la lengua de Cervantes debería ser celebrada. Y mucho más si se hace con el cuidado y el mimo de Impedimenta.

Considero un gran acierto algo que podría parecer tan banal como el hecho de que los cuentos aquí seleccionados se presenten en orden cronológico, de modo que podamos disfrutar de la sutil línea evolutiva y de las inclinaciones argumentales de la autora durante un periodo de casi 40 años. Del mismo modo también aprecio en gran manera que se definan los cuentos como “inquietantes” ya desde esa portada tan cautivadora ( con una fantástica imagen de Albert Carel Willink), diferenciandolos del cuento de fantasmas que Wharton también cultivó con su habitual talento. Porque, mientras que ella misma consideraba que para disfrutar del relato sobrenatural había que dejar de lado la facultad intelectual de “creer” y pasar a, simplemente, “sentir”, considero que para sacar todo el provecho de estos cuentos inquietantes debemos dar tanta importancia a la intelectualidad como al sentimiento y descubrir la maravilla del escalofrío de la primera lectura y el disfrute de las segundas y terceras.






Entre estos 10 relatos encontraremos encuentros entre la vida, la muerte y el matrimonio (La plenitud de la vida), pasada por un cierto tamiz malsano a lo E.A. Poe (Un viaje, La duquesa orante), atmósferas dignas de La hora de Alfred Hitchcock (el más que brillante La botella de Perrier), reflexiones sobre el talento y el arte (El veredicto), homenajes más o menos velados a Henry James, presencia fantasmal incluida (Después) y, sobre todo, una aguda visión de la familia y el hogar de puertas para adentro, de la intimidad menos confortable, de la intranquilidad agazapada tras una cortina , una puerta, una mirada o una respuesta.

Entre estas corrientes que erizan el vello de la nuca de la domesticidad es donde con mayor maestría se mueve Edith Wharton: ahí están el sutil arte de caza del marido por parte de una madre decepcionada por su propia presa, mientras los hombres de su alrededor entretejen relaciones acomodaticias (Un cobarde), la instaurada creencia en que los hijos son la bendición de un hogar y la culminación del matrimonio ( el delicioso, La misión de Jane), la logística social de la mujer divorciada en una sociedad hipócrita (Los otros dos, claramente en consonancia con su novela contemporánea, La casa de la alegría) o la repentina toma de conciencia de que detrás de un gran hombre hay una, sin duda, una mujer (El mejor hombre).En todos, sin embargo, sabe moverse la escritora con absoluta maestría a base del tono y la palabra justa, de las mínimas pero más eficaces pinceladas, de la descripción más efectiva y de un conocimiento del oficio como muy pocas veces leeremos.



Edith Wharton
Cuentos inquietantes

Trad. Lale-González-Cotta
Impedimenta; Madrid, 2015
978-84-15979-99-9

336 p.

domingo, 17 de mayo de 2015

Girona, temps de flors.




Hoy voy a escribir poco pero a recomendaros mucho que visitéis Girona Temps de Flors.
No os desplacéis en vehículo privado porque es imposible aparcar ( el AVE desde Barcelona tarda 30 minutos y por 25 euros os lleva y os trae) y llevaros unos bocadillos porque los restaurantes se desbordan.
Haced acopio de vuestra capacidad de abstracción y de ignorar multitudes, id bien acompañados y disfrutad de un día mágico. Una celebración pagana disfrazada -de nuevo- de celebración popular.
Volveréis sonrientes y encantados.





















lunes, 4 de mayo de 2015

La señorita Pym dispone.

Apenas unas líneas para declarar que mis queridos Hoja de lata lo han vuelto a hacer.
Han editado una delicia.
Una historia de aquellas que te dejan una sonrisa enganchada a la cara y el deseo salvaje de comer clotted cream tomando el té tras una exposición floral.





No será un libro trascendente, pero es un libro  claramente disfrutable.
Una escritora visita a una antigua compañera de estudios que ahora, a su vez, dirige una escuela de educación física para señoritas, a las que llegamos a conocer y querer página tras página...hasta que, a pocas líneas del final, se produce el drama que, como una miss Marple con medias de seda, la señorita Pym se dispone a desentrañar.
Más que un "whodunnit" al caso, es un "what happens" ( si se me permite la elasticidad del término), porque no hay un sólo párrafo del libro que no merezca ser leído por poco necesario que sea para la resolución del caso.
Paisaje inglés, saludables jovencitas ante la encrucijada de la vida, amores y odios entretejidos... Se nota que Josephine Tey sabe de lo que habla (ella misma fue estudiante y, posteriormente, profesora de educación física) y lo hace con esa gracia ligera que tan difícil resulta de equilibrar para la entera satisfacción del lector.
Hasta Alfred Hitchcock supo ver las cualidades de la autora: adaptó A schilling of candles como Inocencia y juventud en 1937. Y si de algo sabía Hitchcock era de suspense (bueno, y de torturar rubias).






jueves, 2 de abril de 2015

Niños de libro

La primavera es tiempo de renacimiento, de sacudirse los fríos del invierno, de disfrutar del mejor sol del año -el que no quema-, de flores y días largos. La primavera es como la infancia y ambas merecen ser leídas. os recomiendo algunas.

Diversas infancias maravillosas han ido saliendo a mi paso últimamente: la de la inquietante Merricat de Siempre hemos vivido en el  castillo (ya os hablé de ella) , la del asilvestrado Paul Milliron de Una temporada para silbar, la infancia aterrorizada por la religión de Una tierra más amable que el hogar, los niños de la era atómica de Las esposas de Los álamos...Y parece que la tendencia continúa. Desde la I Guerra Mundial a los alegres años 50, de un lado y del otro del Atlántico, he estado visitando con curiosidad y placer la infancia de otros niños, tan diferentes y tan similares a mí y entre ellos, asustados y felices, curiosos, despiertos, inocentes, salvajes...Et in Arcadia ego.





"La neumonía era lo que me había hecho más popular, y yo lo convertí en una gran obra de teatro. Pero no era, ni mucho menos, mi única arma: coleccionaba también enfermedades menores, entre las que figuraron, en el espacio de muy pocos años, herpes, varicela, paperas, sarampión, tiña, adenoides, hemorragias nasales, piojos, otitis, dolores de estómago, mareos, ahogos, escarlatina y sordera catarral. 
Por último, como coronación de todo, tuve conmoción cerebral. me atropelló una bicicleta una noche oscurísima y pasé inconsciente dos días. Cuando recuperé la conciencia, magullado y herido, una de mis hermanas se había enamorado del ciclista, un joven apuesto y desconocido de Sheepscombe que había atropellado también a mi madre.
Pero mi carrera infantil de fiebres y conmociones confirmó al menos una cosa: si hubiera sido un chico débil habría perecido sin lugar a dudas, y no cabía ninguna sobre mi resistencia."
(pp. 179-180)





"Lo que más me fascinaba del catálogo de Sears era que toda la gente que salía en sus páginas era perfecta. A casi todas las personas que yo conocía les faltaba algo: un dedo cortado o aplastado, una oreja medio comida, un ojo nublado por la ceguera a causa de una grapa que sobresalía de una cerca...Y si no les faltaba algo lucían cicatrices dejadas por alambre de espino, cuchillos o anzuelos. Pero la gente del catálogo no exhibía aquellas marcas. No solo estaban enteros, disponían de todos sus brazos, piernas, dedos y ojos en sus cuerpos sin cicatrices, sino que además eran hermosos. Tenían las piernas rectas y en sus cabezas no había la menor señal de calvicie, sus caras mostraban claros signos de felicidad, incluso de alegría, signos que no solían verse muy a menudo en los rostros de la gente que me rodeaba."
(pp. 83-84)

El propio Harry Crews nos lo explica en la imprescindible Searching for the wrong eyed Jesus.








"No sé cómo se las arreglaron, pero quienquiera que fuese el responsable de la década de 1950 creó un mundo en el que casi todo sentaba bien. ¿Unas copas antes de la cena? Cuantas más mejor. ¿Un cigarrito? ¡Encantado! Los cigarrillos en realidad potenciaban tu salud: serenaban el ánimo y aguzaban la mente cansada, según la publicidad. (...) los rayos X eran tan benignos que las zapaterías instalaban máquinas especiales que se valían de ellos para medir la talla del pie con rayos que penetraban por las suelas de tus pies y llegaban hasta tu cráneo. Aquel resplandor mágico bañaba hasta la última partícula de tu cuerpo. No es de extrañar que uno se bajase de allí cargado de energía y listo para comprarse unas zapatillas deportivas.
Por suerte éramos indestructibles. no necesitábamos cinturones de seguridad, ni airbags, ni detectores de humo, ni agua embotellada, ni la maniobra de Heimlich. No hacían falta envases a prueba de niños para los medicamentos. No nos hacían falta cascos para montar en bici, ni rodilleras o coderas para patinar. Sabíamos, sin que hiciese falta un recordatorio por escrito, que la lejía no era un refresco, y que si acercabas una cerilla a un bote de gasolina lo normal era que ardiese."
(pp. 91-92)


Feliz primavera.



Laurie Lee: Sidra con Rosie
Nórdica libros.

Harry Crews: Una infancia. Biografía de un lugar.
Acuarela & Antonio Machado.

Bill Bryson: Aventuras y desventuras del chico centella.
RBA



lunes, 2 de febrero de 2015

Los viajeros de la noche: una golem y un genio se encuentran en Nueva York.



Hemos creado al hombre de barro, de arcilla moldeable
Antes, del fuego ardiente habíamos creado a los genios.

(Corán, 15, 26-27)


Este es un libro fabuloso en toda la extensión de la palabra. Por un lado, se sumerge en la ficción mitológica para moldear sus protagonistas; por otro, crea esa ficción para disimular una verdad.
Los viajeros de la noche nos adentra en la experiencia vital de unos seres extraordinarios que se ven sometidos a sentimientos ordinarios... porque supongo no hace falta ser una criatura fabulosa para sentirse solo, confuso o perdido, porque las personas nos resultamos extrañas las unas a las otras, incomprensibles o incomprensivas o ambas cosas a la vez sin necesidad de rasgos mágicos. A las personas nos separan tradiciones culturales, complejidades globales o sencillos sentimientos individuales...justo las mismas cosas que, paradójicamente, nos unen.



Emigrantes en Ellis Island



Así, el hecho de que los principales protagonistas de esta historia provengan de la Europa de tradición judía o del oriente de tradiciones cristiana o musulmana, o la casualidad de que la una sea una criatura de barro creada para obedecer y el otro un espíritu de fuego de acérrima individualidad, pasa de ser , verbigracia de Helene Wecker, un detalle accesorio en una trama de evolución personal, de conocimiento y de reconocimiento. Y gran parte de esta magia se debe al gran acierto de su localización: el Nueva York del siglo XIX, tierra de oportunidades, crisol de culturas, que ofrece una oportunidad única de dejar atrás el pasado, cambiar de nombre y cambiar por completo de vida...o una solución de continuidad, de integrarse en un barrio habitado y vivido exclusivamente por compatriotas de costumbres arraigadas porque un cambio geográfico no tiene por qué serlo también cultural por más kilómetros que se recorran. Un cruce de caminos que empequeñece el mundo, centra nuestra mirada y nos aleja del pasado y el futuro hasta distancias insospechadas... Y es en esta compleja ciudad donde el destino quiere que se encuentren un golem y un genio.



La fuente de Bethesta, El ángel de las aguas,  uno de los preciosos escenarios de la novela.


Un golem es una criatura de la mitología talmúdica, aparentemente sin sexo pero generalmente construida a imagen y semejanza del hombre por un rabino o un sabio quien, al igual que Dios crease a Adán, lo moldea en arcilla y le insufla vida por medio de la palabra. Esta palabra suele escribirse en un papel o en la frente del mismo golem, de donde se borra una letra para transformar la orden “vida” en “muerte”. Su creación responde a la necesidad de protección de un individuo o pueblo, por lo que son criaturas tan obedientes como peligrosas.

Pero en esta novela, la creación del golem sobrepasa el utilitarismo o la necesidad de fuerza bruta porque, a la hora de definir el que será el carácter de la criatura, el demandante recuerda el amor que sentía por una hermana pequeña ya desaparecida y solicita aquello que más admiraba en la niña: curiosidad e inteligencia y una compostura que la convierta en la perfecta esposa de un caballero. Obediente será por naturaleza...pero además será una criatura inquisitiva, modesta y educada...para su desgracia ¿o no sabemos qué le ocurrió, prácticamente por lo mismo, a la criatura a la que dio vida el Doctor Frankestein?. Dotar a una criatura de intelecto y abandonarla después a su suerte no suele acabar bien... Afortunadamente, nuestra protagonista conoció a su amo el tiempo suficiente para darse cuenta que no se quedó sola por miedo o incapacidad de su creador, ahorrándose el arraigo del rencor que tan malos sentimientos provocó en la criatura ideada por Mary Shelley.

Nuestra Golem ( que recién llegada a América recibe el nombre de Chava, sin haber pasado por las incomprensiones lingüísticas y fonéticas tan habituales en Ellis Island) tiene la suerte de empezar de cero, sin conocimiento previo de la cultura que la creó, sin condicionantes importados y con la inusual ventaja añadida de poseer el papel que puede quitarle la vida. El genio, bautizado como Ahmad, no tiene, en cambio, un periodo de adaptación, un conocimiento paulatino: despierta en medio de un lugar extraño, entre desconocidos, sin conciencia de cómo o porqué ha llegado allí, cuando el estaba encantado con su vida dedicada al placer.

Los genios, en la tradición islámica, son la tercera creación de Dios, tras los hombres y los ángeles, creados de fuego sin humo y dotados de libre albedrío. En algunas zonas son más o menos taimados o esquivos, pero acostumbran a ser criaturas sin arraigo ni más preocupación que satisfacer sus necesidades más nimias...Así, que la suerte está echada cuando la casualidad une a estos dos seres perdidos y confusos, ambos insuflados del hábito divido pero imbuidos de las dudas y preocupaciones humanas, la necesidad de mantenerse ocupados y de ganarse la vida, de desarrollar sus capacidades y de labrarse una existencia, ayudándose el uno al otro, complementándose y atemperando sus características.

La novela entrecruza con eficiente soltura las experiencias vitales de nuestros protagonistas, pero también de todos aquellos que más o menos directamente han tenido que ver con el desarrollo de sus circunstancias o que tendrán que ver son su resolución. Amigos y enemigos aparecerán y llevarán a cabo su parte en este maravilloso drama de autoconocimiento. Los personajes participarán en la densidad de una trama tejida con soltura gracias a pequeños hilos de revelaciones, envolviendo al lector para que cada vez se le haga más difícil el hecho de tener que abandonar la lectura porque queremos compartir con ellos el miedo a morir o a hacer daño, a sufrir o a sentirnos solos. Queremos acompañarlos en sus momentos de duda, conocer sus historias y deseos más íntimos, verlos sonreír, verlos sanar.

¿Es este, entonces, un libro fantástico? No tanto por atenernos a la naturaleza de sus protagonistas, si no por resultar una creación magnífica, no tanto en su acepción extraordinaria como en su capacidad de maravillarnos con su alma sencilla.



El Golem de Paul Wegener. Precioso acercamiento a la leyenda del Golem de Praga realizada en 1920


Helene Wecker, Los viajeros de la noche.
Tusquets Editores. Barcelona, 2014.
ISBN: 978-84-8383-930-0
512 p.

Traducción de Isabel Margelí.

viernes, 28 de noviembre de 2014

El rancho de la U alada.



Tengo que confesar que por más que me guste el terror y el Hevy Metal soy una ñoña de cuidado y de vez en cuando necesito una dosis de ternura.
Ahora mismo alterno el visionado de la magnífica serie Lark Rise to Candleford, a punto de terminárseme (ya pasó por lo mismo Magrat Ajostiernos ) con lecturas tan amables como El rancho de la U alada... Hoja de lata ha vuelto ha hacer diana en mi corazoncito.
Muchos ya conocéis mi predilección por las historias del oeste y por las protagonistas femeninas y este caso las combina ambas. Aunque algo alejada de la maestría de Willa Cather o Elinor Pruitt Stewart y más cercana al espíritu amable de 7 novias para 7 hermanos, la U alada ofrece un refugio sentimental frente a las inclemencias de la vida diaria.
En este rancho, los vaqueros son un verdadero encanto. Hombres hechos y derechos, trabajadores rudos...que se comportan como internas de Torres de Malory sin que de grima, leen los clásicos y se desvelan como sensibles artistas autodidactas altamente capacitados, paradigmas de "el buen cow boy". A la cabeza de semejante ganadería encontramos a James G. Whitman, conocido como el Viejo, un jefe cascarrabias pero buena persona que tiene una hermana con un flamante título de doctora que viene a quedarse en el rancho. ¿Cómo asimilará la cuadrilla de vaqueros la presencia de una solterona?
La llegada de la Doctorcita -como pronto la llaman- aporta domesticidad a un ambiente bastante domesticado, ocasiones de chanza, espectadora entregada para las gamberradas y protagonista de líos involuntarios con las Rocosas como telón de fondo.





Aunque Bertha Muzzy Bowen empezó a escribir en 1900, el éxito no le llegó hasta la aparición de Chip of the Flying U (la novela que nos ocupa) en 1906, a la que seguirían otra docena de trabajos ambientados en el rancho. El éxito de esta novela fue tal que ya en 1914 el mismísimo Tom Mix se calzó las botas de  Chip ( protagonista indiscutible de esta primera novela) en la primera aparición cinematográfica de la U alada, que aún conocería 2 versiones más en 1926 y 1939.
Lo cierto es que lo tiene todo para triunfar: amor, aventura y amplios horizontes, mano firme en su ligereza y personalidad propia.
Un magnífico regalo para empezar a celebrar la Navidad.




viernes, 14 de noviembre de 2014

En Memphis, Tennessee.



Parece que al fin llega el otoño a Barcelona, alejando aún más los días de las vacaciones pasadas.
Apenas un par de meses y parece que el viaje de este verano lo hicimos hace un par de años...suerte de las fotos y las anécdotas contadas y recontadas.

En la última entrega visitamos Chicago y ahora la abandonamos tomando la antigua Ruta  66 hacia St. Louis y parándonos a desayunar en el lugar más kistch que he pisado en mi vida...y de Kistch, las carreteras americanas saben un rato. Antiguas gasolineras, ranchos dedicados a la cría de conejos gigantes, casas en medio de la nada...como en las películas pero más.
Nuestro camino pasa por la tumba de Lincoln  en Springfield (pasamos por 15 Springfields, al menos), el Cozy Dog, hogar de la mundialmente conocida salchicha de frankfurt envuelta en pan de maíz y pinchada en un palo (bastante más sabrosa de lo que pudiese parecer) y la ciudad de St. Louis, que tardamos horas en atravesar a causa de los atascos monumentales que forman sus múltiples eventos deportivos.





La llegada a Memphis, de noche y bajo la lluvia, fue la mar de deprimente...suerte de la legendaria hospitalidad sureña. Tanto el personal del hotel, como los camareros del bar en el que despedimos la jornada, con su amabilidad y su simpatía lograron ponernos una sonrisa en la cara que borró el cansancio de 1.000 kms de coche.
A la mañana siguiente, el Mississippi nos daba los buenos días y el calor quebraba nuestras voluntades.
Aún así, pronto nos plantamos en el Lorraine Motel, en cuya habitación 306 murió asesinado Martin Luther King y que ahora alberga el National Civil Rights Museum, visita tan obligada como impresionante. En unas horas recorrimos la historia afroamericana, sembrada de dolor y sufrimiento, en medio de un ambiente de emoción contenida. Intentando superar el mal cuerpo que se te queda tras el museo, nos acercamos al vecino The Arcade, el restaurante más antiguo de Memphis, donde Elvis Presley acostumbraba a ir a degustar su archiconocido sandwich de mantequilla de cacahuete y plátano. Por supuesto, homenajeamos al rey compartiendo su bocadillo favorito , descubriendo que está bastante mejor de lo que pueda parecer, y que los batidos del Arcade no suben por la cañita.
Bien alimentados iniciamos un recorrido por Beale Street (bares y restaurantes que recuperaríamos en su plenitud nocturna) sin dejar de visitar a los patos paseadores del conocido hotel Peabody , la centenaria tienda de A. Schwab (hoy muy enfocada al turismo, pero aún así encantadora) o la tienda del sastre de Elvis, Bernard Lansky, ahora regentada por su hijo, y que aún visten a gente como Chris Isaak o Joe Perry y, ahora también, a mi Santo.




Al día siguiente, la mañana la ocupó la visita a uno de los lugares que más deseábamos conocer: Sun Records, el lugar donde nació el rock'n'roll.
Situado, como casi todo en la ciudad, en medio de la nada (Memphis es una ciudad casi fantasmal, semi abandonada y desértica en plena canícula estival ), Sun Records se erige en vórtice energético de la zona. Visitantes de todo el mundo (ese día no éramos, por ejemplo, los únicos catalanes en la visita) hacen educadas y reverentes filas para contemplar la parafernalia que rodeó el nacimiento del rock'n'roll, el estudio donde grabaron Elvis, Johnny Cash, Carl Perkins, Roy Orbison o Jerry Lee Lewis. El sitio en si se mantiene tal cual era hace 60 años y el estudio aún acoge grabaciones de discos, pero lo que realmente consiguió arrancarme una lagrimita fue pensar en cuanto talento encerraron esas cuatro paredes. Auténtico shock emocional del que no puede salirse si no es a base de pollo frito al estilo sureño, servido como sólo saben hacer en Gus's World Famous Fried Chicken, uno de esos lugares en los que jamás se te ocurriría entrar si no te lo hubiesen recomendado en Man vs. Food.
Para hacer la digestión sin bajar las pulsaciones, visita al Rock'n'Soul Museum, la experiencia musical definitiva.
Y después, la noche de Beale Street. Cena en el restaurante de Jerry Lee Lewis y, aunque el Killer mismo no estaba, pasamos una noche estupenda con un estrambótico imitador de Elvis y una ruidosa exhibición de motos calle arriba y calle abajo.
A pesar de tan atrayentes argumentos, nos retiramos pronto. Necesitaríamos todas nuestras energías al día siguiente para visitar...¡GRACELAND! 




Lo cierto es que Graceland no vale un pimiento. Pero debe estar en una intersección telúrica o algo porque es im-pre-sio-nan-te.
De entrada es pequeño para lo que una espera de una mansión y, después, te quedas bizca con su fantástica decoración setentera, pero es una de las experiencias más interesantes del mundo.
Empieza y acaba a través de tiendas y más tiendas de souvenirs  para , entre medias, visitar los lugares por los que Elvis se divertía, contemplar su flota de coches e, incluso, sus aviones, tooooooooodos sus disco de oro, platino, diamante (y , yo juraría, que hasta vi alguno de adamantium), sus trajes, de los más discretos a los más enloquecidos (y también me atrevería a jurar que representados a escala o la tele engorda pero que mucho y Elvis, en realidad, apenas estaba robusto) y, como colofón, su tumba. Elvis descansa junto a su hermano, muerto al nacer, sus padres y su abuela (que los enterró a todos) en medio de fans emocionados hasta la lágrima. Lo cierto es que es un recorrido tan divertido como intenso e interesante por la historia más pop.

Próxima parada, la capital del country: Nashville.


jueves, 25 de septiembre de 2014

En Chicago




Parece mentira. hace mes y medio que estuve de vacaciones y ya estoy necesitando otras... Igual repasando las pasadas me animo un poco.

Este año hemos hecho otro fragmento de las Américas en formato "carretera y manta", hemos visitado Memphis y Nashville, hemos pisado 6 estados, hemos invertido en cultura popular.
Empezamos volando a Chicago, que era una ciudad que hacía tiempo que queríamos conocer.
Lo cierto es que es poco sorprendente... no me entendáis mal. Es un lugar precioso pero que resulta tremendamente familiar, sobre todo si se ha visitado Nueva York o te interesa un mínimo la arquitectura moderna. 
Es una ciudad en la que no te sientes ajeno a su pulso, que te suenan los edificios, las estaciones, las personas. En Chicago chocas poco culturalmente y la puedes disfrutar a conciencia apenas pones el pié en sus aceras.

Para mi, uno de sus máximos activos es la presencia de Frank Lloyd Wright, ya sea a lo largo de sus calles (impresionante The rookery) o disfrutando de un paseo por  Oak Park, donde se puede visitar su casa estudio y babear todo el barrio de vuelta a la parada del metro.
Acompañándome en este descubrimiento, vinieron dos libros: Amar a Frank de Nancy Horan y  Las mujeres de T. C. Boyle.
Si alguien está pensando en visitarlo, esta página le será muy útil: Frank Lloyd Wright Trust

A parte de arquitectura, Chicago ofrece muchísimos alicientes, sobre todo musicales y gastronómicos.
Fabulosa la visita al Buddy Guy's Legends.
Espectacular la fachada del edificio del Chicago Tribune, salpicada de fragmentos de edificios y construcciones de todo el mundo del Partenón al Taj Majal, la Muralla china o El Álamo.
Emocionantes el punto donde se iniciaba la antigua Ruta 66 o Union Station, lugar en que Eliott Ness se las ve y se las desea para seguir disparando mientras intenta rescatar un carrito de bebé ( otras localizaciones cinematográficas de Chicago, aquí), o dar una vuelta en metro por el histórico Loop.
Deliciosas las palomitas de caramelo y anacardos de Garrett, las famosas pizzas de molde hondo de Ginos East o los pastelitos de queso de Magnolia Bakery.






Pero el gran descubrimiento ha sido, sin duda, el magnífico Art Institute of Chicago.
Para mi vergüenza, reconozco que es un museo que no tenía bien situado en mi mapa mental y me ha sorprendido muy, muy gratamente.
Tiene un tamaño estupendo, grande pero sin exageraciones, una estructura sencilla y una colección ecléctica pero de una calidad extraordinaria...cada esquina, cada pasillo, cada sala, te reserva una sorpresa agradable. Los ojos y el alma se te llenan de imágenes sugerentes, viejos conocidos de tus rincones de almacenaje personales. Casi me desmayo al encontrarme cara a cara con el Picture of Dorian Gray que se usó para la película de 1945 y que tiene enfrente el maravilloso Nighthawks de Edward Hooper.
Apenas sin tiempo a recuperarte, American Gothic te corta la respiración, pero te la devuelve con un beso la Beata Beatrix de Rossetti.
Exclamación ahogada ante la Élegante de profil au Ball Mabille, vahído tembloroso frente a  Water Lily Pond, piel de gallina con Paris Street, Rainy Day... un tiovivo de emociones y disfrute. 















jueves, 19 de junio de 2014

Go West




Cuando yo era pequeña, dos tristes canales de televisión se bastaron y sobraron para crear una generación de cinéfilos y cimentar, a base de cine clásico, un imaginario que acunó mi infancia y no me ha abandonado jamás.
En La Clave ponían un cine muy serio que comentaban unos señores muy serios que fumaban. Allí vi por primera vez -nunca lo olvidaré- Farenheit 451, película que no entendí del todo pero que desde entonces me mantiene horrorizada y fascinada a partes iguales.
Pero los sábados por  la tarde -¡ay, los sábados por la tarde!- eran territorio de las "películas de". Películas de guerra, películas de aventuras (de caballeros con espada, de piratas o de lugares exóticos, siempre con Errol Flynn o con Burt Lancaster y un mudo...) y -¡Tachaaaaaaaaan!- películas del oeste. Ya fuesen de pistoleros, indios, cowboys o pioneros, las pelis del oeste me transportaban a un lugar que olía a polvo del desierto, donde se bebía güisqui y donde se saldaban los encontronazos a tiro limpio.
En unas se libraban batallas entre indios y soldados o entre indios y granjeros, en las otras entre rancheros y ganaderos, las fuerzas de la ley y los forajidos, el sheriff y el alcohol, la moralidad imperante y el pensamiento libre...la vida misma, oiga, me visitaba en mi salón.








Muchos de estos sábados por la tarde yo tenía un caballo que venía cuando le silbaba y un rancho en el que luchaba contra las inclemencias del tiempo y un vecino ganadero muy, muy malo y un párroco borrachín y un sheriff ceñudo de misterioso pasado. Me hacía la ropa y un vestido especial para acudir al baile y algún extraño venía a trastocar la pacífica vida del pueblo cercano, donde una tienda abastecía de todo y el Saloon adelantaba lo último en sicalipsis francesa.
Aún hoy soy una gran fan del western, sobre todo de ese que llaman "crepuscular", me encantan Sin perdón, El jinete pálido, Bailando con lobos, Desapariciones ... pero no de la misma manera que me impactaron Caravana de mujeres (aquella señora italiana, viuda, que deambulaba con una naranja en la mano...), Johnny Guitar (cumbres borrascosas y desérticas), Centauros del desierto (los sentimientos encontrados del tío Ethan), Murieron con las botas puestas, Río Bravo...mitos en glorioso blanco y negro o en grandioso tecnicolor.
Ahora, mi Oeste particular pasa por la página impresa.
Gracias a Hoja de lata podemos disfrutar de las maravillosas cartas de Elinore Pruitt Stewart (ya os lo había comentado), pero también está ahí la Trilogía de la pradera de Willa Cather (si queda alguien que no haya leído Mi Ántonia, que aproveche los largos días de verano) o los libros de Ivan Doig, que ha sido mi último descubrimiento.
Una temporada para silbar me ha dejado con la misma sensación de las películas de antaño, con una sonrisa en la boca y un paisaje inmenso donde construir mi casa, con amplios horizontes, mar de hierba y un cielo inabarcable.
Es una novela sencilla y a la vez grandiosa, con una gran capacidad de transmitir mucho con frases concisas, nutrida de personajes para incorporar al panteón de amigos de papel que se mueven por las praderas.
Me encanta comprobar que sigue vivo mi gusto por el Oeste.